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  • Foto del escritorJavier Mariano Rubio

¡Pobre Lázaro!





“Al decir esto, gritó muy fuerte:

‘¡Lázaro, sal!’. Y salió el muerto”.

Juan 12, 42


Lázaro se reincorpora, toma el aire limpio del medio exterior; seca sus lágrimas de ansiedad; se soba los puños sangrados de tanto golpear las maderas y las muñecas todavía sin cicatrizar del todo; se espanta las moscas; se sacude las sobras mortuorias de tierra y astillas. En un espejo opaco que la lluvia dejó puede ver su cara: tan diferente a la última vez, cuando le dijo adiós a este mundo de mierda que vende las versiones más incongruentes del amor. Es inútil creer en el amor. Sus ojos rojos, enardecidos, irritados de la tierra; la carne oscura cubierta por la cera y el maquillaje. Entonces recuerda los gritos, la angustia mil veces sentida, la luz que entraba por la ventana del baño cuando sucedió el arrebato. Descubre que detrás de sus sentimientos existe una razón poderosa para no abrirse de nuevo las venas. Lázaro sabe que lo que pasa no es normal.


A pasos cercenados por la debilidad, Lázaro llega a su casa. Su hermana María es quien abrió la puerta. Martha ya había salido a trabajar porque, después de todo, el mundo debe sobreponerse a la muerte del pobre. Luego piensa, ¿para qué vine?, si bien sabía que no lo iban a entender. María congela la expresión cuando lo ve, después da varios pasos hacia atrás; penetra el olor del putrefacto y se convierte el ambiente en un lamentable cementerio en carne viva. Lázaro no sabe, como fue siempre en su vida, qué debe decir o qué hacer. Luego el repentino y sonoro "Dios mío, ¿qué está pasando?" de su hermana que hace retroceder a Lázaro. María cierra la puerta. El muerto toca de nuevo, dice que es una nueva oportunidad, que la vida se aprecia mejor desde la muerte, que nada de lo que se parezca al pasado ocurriría. Se asoma por la ventana y no alcanza a ver nada. Seguiría tocando hasta la herida crepuscular, pero sabe que María es incrédula, y cómo no, si ni él cree en lo que está pasando. Lázaro pensó en el infierno.


Martha no está en casa. Seguro que ella sí le abriría, pero como Lázaro teme a la oscuridad desde el día del entierro, decidió buscar refugio en alguna parte. Dos recuerdos le golpean de frente: una luz brillante que se fue borrando y un dolor escurridizo y húmedo en sus manos y muñecas.


Ahora Lázaro se resguarda en la capilla, escondido de los curas y del diácono, con el evidente temor de ser despreciado, mientras su descomposición sigue en curso. Martha, que se ha enterado, apenas puede creer lo que dijo María y ha empezado a buscarle desde el fondo de la conciencia hasta los rincones donde pensaba que Lázaro pudiera estar. Y Lázaro sigue pensando, se pregunta por qué, si ni siquiera lo pidió, que si ya lo había decidido, para qué regresar, ahora con la lepra de la vida después de la muerte, con el cuerpo purulento y el alma en cuestión. ¿Qué va a pasar cuando lo vean los compañeros que siempre lo despreciaron?, cuando las mujeres que pensaban que era raro le digan monstruo; cuando los sacerdotes digan que él es un ente diabólico que no debe entrar en las iglesias; que el mal vive en él, que los hombres que han muerto deben descansar en paz y no andar caminando por ahí queriendo hablar con los que quieren seguir viviendo pacíficamente y sin sorpresas de esa categoría. Luego se dirige a Dios, donde quiera que esté, y le pide regresar a la muerte, pero dentro de su conciencia escucha una voz que le dice que no, que es tarde y que no depende de él, y entonces de quién depende, depende de la luz que salga del interior de las almas. Y Lázaro recuerda la oscuridad y se escurre en las demandas de su Señor y le grita que tiene miedo, que si antes era difícil la vida imagínate ahora, que ni siquiera estoy vivo. Y Dios le contesta que de ti depende y sólo de ti, Lázaro. Entonces deja la capilla decepcionado y camina sin rumbo. Martha, que siempre fue un ángel con él, lo alcanza con una mirada lejana y prefiere callar para que su recuerdo no se empañe con el siniestro presente. María tenía razón. Martha lo deja ir. Lázaro camina, ya con la idea de que todo es una basura, que aún después de la muerte la vida eterna no es lo que se imaginaba. Entonces busca el camino que lo lleve al cementerio, para no salir de ahí hasta que el resto de los mortales descubran lo que hay después de la muerte y así, tal vez, algún día lo puedan comprender...

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