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  • Foto del escritorRodrigo Pérez Rembao

Ser o parecer, he ahí el dilema






“Ok, vamos a empezar… ¿quién comienza?”. La cámara enfoca a un cuarentón de lentes y piel oscura. Hasta entonces no sabemos que es maestro ni que está frente a su grupo en un salón de clases, pero la información llega rápido: una tal Britney toma la palabra, la cámara va hacia ella y nos deja ver que hay otros estudiantes. “No tengo nada qué decir sobre la lectura –aclara quien resulta ser una joven de piel blanca y pelo verde–, pero considero que esa palabra en el pizarrón está mal. La palabra que empieza con ‘n’ no debería estar ahí”.


Otro movimiento de cámara nos muestra lo escrito: “The artificial nigger, Flannery O’connor”. La palabra que la alumna había evitado pronunciar es nigger –“un vocablo extremadamente ofensivo para referirse a una persona negra”, según el diccionario de Cambridge–, y forma parte de un título, una obra que Britney, al igual que sus compañeros, debía haber leído para comentar en clase. Pero a ella, esto parece no interesarle, pues no tiene opinión al respecto, solo ha intentado persuadir al maestro de que borre esa expresión que la lastima, según dice. Él, afroamericano, alude a que ahí todos son adultos y, por tanto, deberían ser capaces de entender una obra en el contexto en que ha sido escrita. Ella, indignada, se niega a hacer consideraciones y abandona el aula. Con esta escena da inicio la película American Fiction (2023), ópera prima del director Cord Jefferson, quien también se hizo cargo del guion. En la siguiente, vemos cómo el profesor es suspendido por lo ocurrido horas antes. 


Basada en la novela Erasure (2001), del estadounidense Percival Everett, la película ahonda en este planteamiento inicial hasta llevarlo a sus últimas consecuencias. La cosa va más o menos así: resulta que el dichoso maestro, Thelonious Ellison, se dedica también a escribir, y vive frustrado por no encontrar quién le publique un libro que ya lleva mucho tiempo guardando en el cajón. De acuerdo con palabras de Arthur, su agente, las editoriales se niegan por no encontrar en la obra elementos de negritud. “Pero si yo soy el autor, ¡y soy negro! ¿Qué más quieren?”, reniega Thelonious, ante un argumento que le parece enteramente absurdo, aunque no tiene más opción que hacerse nudo con su impotencia. 


La cosa empeora cuando empieza a ver por todos lados referencias a Sintara Golden y a su libro Vivimos en el gueto. Golden también es afroamericana, pero, al juzgar por lo que dice la publicidad omnipresente de su novela, el propio título y algunas declaraciones que ha hecho para revistas y para la televisión, ella sí creó una historia acorde con lo que el mercado y los tomadores de decisiones en la industria editorial esperaban de una narradora como ella, negra. "Desgarrador", "visceral", "crudo" y "salvaje" son algunos de los calificativos utilizados por críticos y publicistas para referirse a Vivimos en el gueto.


Furioso por cómo ha visto que funciona la industria editorial, Thelonious se pone a escribir una historia con todos los clichés que conoce sobre lo que significa ser negro en Estados Unidos, clichés que, a su juicio, revictimizan a esta comunidad, en tanto que exponen su marginalidad y condición vulnerable como únicos atributos. “¿Querías cosas de negros? –le dirá poco después a Arthur–, pues, ¿qué más negro que eso? Padres de mierda, raperos, crack, y al final lo mata un policía. Eso es muy de negros, ¿no?”. Agregará que está harto de todo eso, y que esa historia, cuyo título tentativo es Mi pafología y está firmada con pseudónimo, es la expresión de ese hartazgo. “¡Quiero restregarles por las narices la mierda que solicitan!”, dirá para concluir. A regañadientes, Arthur acepta enviar la historia a un par de editoriales, sin imaginar el cataclismo que se avecina. 


Divertida e inteligente, American Fiction nos empuja a hacer una serie de reflexiones urgentes sobre el llamado movimiento woke, y esta tendencia generalizada de querer ser buenas personas… o de hacer como que queremos, que además de ser más fácil también termina siendo más redituable –por las redes sociales aprendimos que, si hay que elegir entre ser y parecer, conviene más lo segundo–. Tanta fuerza ha adquirido el discurso de la inclusión (aplicable con cualquier grupo en desventaja), que le ha robado terreno al propio valor de la equidad; en otras palabras, se ha vuelto más importante la declaratoria que las ideas y los actos correspondientes.


Pienso, de arranque, en las siguientes inquietudes detonadas por la película: cuando abogamos públicamente por los derechos de un grupo vulnerable, ¿estamos respondiendo a un auténtico anhelo de justicia, o a un simple arranque de superioridad moral? ¿Qué tan factible es que logremos entender las necesidades de un grupo al que no pertenecemos, y cuáles son las consecuencias si tergiversamos esas necesidades desde el desconocimiento? ¿En qué medida las acciones y la narrativa derivados de esa tergiversación pueden llegar a ser contraproducentes, incluso a influir en el autoconcepto de quien sí forma parte de ese grupo? (Imaginemos, por ejemplo, a un homosexual que termina convencido de necesitar una terapia de conversión, gracias a la recomendación de un alma caritativa que quiere "lo mejor" para él).


El mundo de las apariencias no nació con las plataformas digitales pero ha encontrado en ellas un auge sin precedentes, y somos muy poco conscientes de las consecuencias. Bien haríamos en poner un poco más de atención en ello.


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