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  • Foto del escritorRodrigo Pérez Rembao

Soñé que te morías

Actualizado: 27 nov 2022




Anoche soñé que te morías. No sé de qué, pero se te notaba mucho el sufrimiento. Casi no tenías ya fuerzas y solo por ratos abrías los ojos, grandes de miedo, y me apretabas el brazo repitiendo muchas veces “no me quiero morir”. Yo me quedaba callado porque no se me ocurría nada que pudiera decirte. “No me quiero morir, no quiero”, decías. Luego el cansancio te callaba la boca y cerraba tus ojos. Dicen que los sueños significan cosas pero yo no sé entenderlos. Me pregunto si morirás así, dolorida, cansada, conmigo al lado sin decir nada por no tener palabras para decirte.


Hoy salí a la calle vestido de negro. Sé que es absurdo, pero no pude evitarlo; sentí tu ausencia incluso antes de abrir los ojos, y así es imposible elegir colores vivos en el armario. Y no… no es que antes del sueño pudiera jactarme de contar con tu presencia, Lu. De un tiempo para acá, nuestras conversaciones​​ –profundas y transparentes– solo han tenido lugar en mi imaginación, es cierto. Es ahí donde te comparto lo que me pasa, donde te hago reír a veces y donde llego a sentirme tan cerca de ti, que termino haciéndote todo tipo de confesiones. Ahí también te escucho, te contemplo y te celebro cada ocurrencia (sabes que soy fiel adepto a todo lo que emana de esa mente ingeniosa que tienes); ahí cuentas, como siempre, con mi absoluta admiración. Ya sé que no es lo mismo, que ni las imaginerías ni los recuerdos tienen punto de comparación con la experiencia de estar con una mujer de carne y hueso, ¡de estar contigo! Pero entre eso y saberte muerta…


Llegando a la oficina consideré hablarte por teléfono, cerciorarme de que lo de anoche no había sido más que un mal sueño y tú estabas perfectamente bien. Desistí con el celular ya en la mano, al descubrirme presa del terror. Quise pensar en otra cosa y recordé entonces haber sido convocado a una reunión que estaba por dar comienzo. Me puse en pie de inmediato y encaminé mis pasos para no llegar tarde y exponerme al regaño. ¿Recuerdas cuántas veces nos quejamos de esas juntas, que parecen diseñadas bajo el único propósito de hacer que todo mundo pierda el tiempo? Poco a poco fuimos descubriendo que tu trabajo y el mío tenían varias cosas en común, y hasta ese tipo de conversaciones, lamentos y desahogos a dueto, terminaban siendo divertidas si eran contigo. ¡Qué virtud la tuya, la de convertir todo momento, por gris que parezca, en un futuro y fascinante recuerdo!


Y vaya que has sabido poblar mi memoria, desde aquel invierno en que Marina nos presentó en su casa. ¿Estará tan vivo en ti el recuerdo de esa noche, como en mí? Yo llegué a esa cena casi por casualidad, no se me olvida, después de haber tenido que cancelar, a última hora, un viaje a Nueva York. Si alguien me hubiera dicho que para conocerte era necesario prescindir de esas vacaciones, y de la que hubiera sido mi primera obra de Broadway, no lo hubiera dudado un instante, pero haberme visto obligado a ello, sin tener idea de que habría tal recompensa, me llenó de frustración. Y frustrado llegué a ese encuentro contigo, sin imaginar lo que estaba por ocurrir.


Casi cuatro años han pasado desde que conocí tu sonrisa (tres, con diez meses y unos cuantos días, para ser más precisos), y no ha habido un día hasta hoy en que no sienta que me acompaña, con todos sus dientes y sus curvaturas fascinantes, en cada cosa que hago.


Bastó que mencionaras tu trabajo como agente de seguros para tener el pretexto perfecto: “Justo he estado evaluando algunas opciones para ver si cambio el que estoy pagando ahora. ¿Te puedo invitar un café la próxima semana, para ver si tienes algo mejor para mí?”. Por más que intenté parecer genuino, sentí que para ti eran obvias mis verdaderas intenciones. Aun así, respondiste cordial, incluso entusiasta, llegué a pensar en ese momento. ¿Sueles ser así, tan amable, con cualquier prospecto que muestra interés en comprarte un seguro? Nos despedimos poco después pero yo salí de ahí feliz con tu teléfono anotado y sin pensar más en ese viaje que no hice a Nueva York.


Al día siguiente esperé con ansias que dieran las diez para marcarte. No hubo necesidad de hacer mucha conversación para quedar de vernos en un café con el fin de platicar sobre seguros. Recuerdo bien que esas fueron tus palabras. Recuerdo, incluso, que percibí un énfasis en tu pronunciación que juzgué sugestivo, como si con ello quisieras decirme que no era cierto, que jugábamos a lo mismo al valernos de ese asunto como pretexto para iniciar algo que poco tenía que ver con asuntos tan banales, que podían quedar inscritos en un esquema de compra-venta. “Sobre seguros”, remarcaste, y hasta creo haber escuchado una risita traviesa al final.


Tres días después se confirmaron mis sospechas, cuando, frente a frente, ni tú ni yo tuvimos que preocuparnos por disimular. Ninguno de los dos mencionó siquiera el tema de los seguros. ¿Para qué, si lo que nos interesaba era otra cosa, y no podía ser más obvio? Tan obvio, que esa misma noche terminamos en mi departamento. Esa sonrisa tuya, que apenas unos días antes me había dejado atónito, transmutó en segundos para recibir ese primer beso que anunciaron mis labios. Un primer beso que, al menos en el transcurso de las siguientes horas, fue escandalosa y maravillosamente eterno.


Sí, ya sé que después te dio por pensar que todo ocurrió demasiado rápido. Que un día, de pronto, dejó de parecerte una buena idea haberte mudado conmigo. ¿A qué le tuviste miedo, Lu preciosa? ¿Te asustó, acaso, que me hubiera enamorado demasiado de ti?


A la hora de la comida pensé otra vez en llamarte pero seguí sin reunir el valor necesario. ¿Entiendes ahora por qué estás leyendo todo esto por mail? Porque lo estás leyendo, ¿verdad? Por favor avísame, en cuanto puedas, que lo leíste. Que estás tan radiante como apareces todos los días en mis pensamientos, y que leer estos desvaríos solo te ha provocado algunas risas. Te mando abrazos, muchos abrazos, junto con mi cariño de siempre.


*********


Cuando Lu se dio cuenta de que había recibido un mail de Adolfo iban a dar las once de la noche. No lo abrió entonces por varias razones; empezando por el hecho de que había tenido un día bastante ajetreado y apenas unos minutos antes había podido sentarse a cenar. Una vez que terminó su ensalada fue a lavarse los dientes, se desmaquilló y apartó de sí todo aquello que usaba a diario para estar presentable en la oficina, según su entender. No fue sino hasta que se recostó en la cama, dispuesta a descansar, cuando se dispuso a leer.


********


Faltaba poco para la media noche cuando por fin timbró el teléfono. Había tardado más de lo esperado, pero ahí estaba ya la llamada de Lu. Adolfo se limitó a ver la pantalla de su celular sin ponerle una mano encima. El aparato vibró con la insistencia propia de los desesperados y el aludido no hizo más que observar, con una paciencia que no le era propia. Dejó transcurrir el tiempo hasta la llegada de nuevos avisos, ahora como notificaciones de WhatsApp. Adolfo sonrió con el primero y así permaneció cuando aparecieron los otros dos. Excelente, pensó satisfecho… tres mensajes de voz.

********


Güey… ¿qué pedo contigo? ¡Estás loco, cabrón! Neta… ¿qué intentas? ¡Explícame! ¿Según tú así se te va a hacer conmigo? ¿Inventando que me morí y que en algún momento pude haber sido tan idiota como para irme a vivir contigo? Puta… no sabes, ¡muero por ir ahorita mismo a tu departamento! ¡Jajajaja! Nomás de pensarlo, no te imaginas el asco que me da. ¡Ni en tus sueños, pinche cerdo!


¿Por qué no tratas de conseguirte a alguien igual de enferma que tú? Qué tal que encuentras una loquita a la que sí le gusten tus historias y con ella sí se te hace. ¡O ponte a ver porno, si andas tan urgido, pero a mí no me vengas con estas pendejadas! ¡Deja-destar-chingando!


Nada más te quiero decir que mañana a primera hora voy a buscar a un abogado. Necesito ponerle un alto a todo esto porque no me imagino de qué puedas ser capaz con esa mente tan retorcida. Escúchame bien, Adolfo: si vuelvo a saber de ti, te va a cargar la chingada. ¡Maldita la hora en que a Marina se le ocurrió invitarte esa vez a cenar!


********


Después de un día horrible, Adolfo por fin pudo sentirse tranquilo: Lu estaba más viva que nunca y él esa noche dormiría mucho mejor.


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