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  • Foto del escritorRodrigo Pérez Rembao

El energúmeno de las uñas negras

Actualizado: 17 ene 2023


Todas las mañanas, alrededor de las siete y media, salgo con los perros a la calle y damos una vuelta a la manzana. Durante el recorrido, que siempre es el mismo, los encuentros también suelen repetirse –bien decía Carlitos Dickens que el hombre es un animal de costumbres–. Así que, en algún punto, casi siempre nos cruzamos con la señora que corre por las banquetas, con el muchacho que pasea a Jack (solo sé el nombre del perro, igual que él sabe el de Lola y el de Lucho sin conocer el mío), con el estrepitoso empleado de Servigas, que ofrece el combustible a gritos y haciendo sonar una campana que funcionaría para anunciar la llegada del Apocalipsis, y otros tantos personajes sin lustre de la colonia Narvarte.


Pero, aunque hay situaciones que se repiten día a día, a veces ocurren también cosas inesperadas. Hace unos meses, por ejemplo, acababa de doblar la última de las cuatro esquinas de siempre, cuando apareció frente a mí un tipo extraño. Sé que calificar así algo o a alguien es decir muy poco, pero en un primer vistazo no pude identificar lo que me había resultado perturbador en él.


Según mis cálculos, tendría alrededor de 60 años. Sin reunir todas las cualidades para calificar como indigente, el extraño parecía, por lo menos, un vago de esos que se ven por las calles deambulando sin rumbo. Ataviado con un conjunto deportivo que seguramente sumaba décadas de haber dejado atrás el anaquel, presumía una mata de cabello alborotado en la que, estaba claro, no había entrado tijera en meses. La barba de días y los ojos enrojecidos, encerezaban ese repugnante pastel.


Encontrarse con mi mirada fue como recibir la señal de arranque. Entonces, sin quitarme los ojos de encima, se llevó una mano hacia atrás, la introdujo decididamente por debajo del pantalón y empezó a rascarse el culo como si llevara horas esperando ese momento.


Sobra decir que, para satisfacerse, el mequetrefe no intentó disimular su suciedad, sino todo lo contrario. La intensidad en sus movimientos y la inmediata transformación de su semblante dieron evidencia de que el energúmeno disfrutaba que lo viera.


Sin ganas de increparlo ni de pasar junto a él, crucé la calle para seguir mi camino por la acera de enfrente. Quería, simplemente, olvidarme de lo que acababa de presenciar, pero la repulsiva imagen del tipo, en flagrante acto de corrupción, ya se había incrustado en mi mente. Aunque no me había detenido a verle las manos, mi imaginación mórbida se las arregló para presentármelas, callosas y con las uñas negras.


Vinieron luego otros paseos con Lola y Lucho. Al principio, me mantenía en alerta ante la amenaza de volverme a topar con Rascaculo, pero eso no sucedió hasta dos o tres semanas después, justo cuando había logrado olvidarlo. Iban a ser las dos de la tarde y caminaba rumbo al mercado, ahora sin mis perros, cuando apareció de la nada frente a mí. Tuve la sensación de que había estado a mi acecho desde que salí de casa, vigilándome con sigilo y calculando muy bien cada detalle para provocar el encuentro y poder repetir su numerito. Esta vez sus movimientos fueron mucho más grotescos. Su gesto, más que placer, dejaba ver una necesidad imperante de saciar la picazón a punta de uñazos. De nuevo opté por esquivarlo, alejarme de ahí y negarle lo único que al parecer le interesaba de mí: que le pusiera atención.


Pero el chiflado parecía no estar dispuesto a rendirse. Volví a verlo en tres o cuatro ocasiones que no ameritan relato. Aunque cambiaran algunas circunstancias, como la hora o el lugar, cada encuentro con Rascaculo era, en esencia, igual que los anteriores: aparecía de sorpresa y, en cuanto advertía mi mirada sobre la de él, empezaba el frenético sube y baja.


A estas alturas del relato, entenderá el lector que la situación se había vuelto insoportable. Llevaba meses haciéndome, una y otra vez, las mismas preguntas: ¿de dónde diablos había salido Rascaculo? ¿Por qué, si nunca antes lo había visto, ahora se me aparecía tan frecuentemente? ¿Acababa de mudarse a la colonia? ¿Sería yo el único con quien solía hacer sus desfiguros? Y de ser así, ¿por qué me había elegido a mí como espectador?


Decidí ponerle un alto y tuve una buena idea para ello, tras recordar algo que una amiga me contó hace tiempo. Resulta que una noche, en el metro, un tipo se bajó los pantalones frente a ella para mostrarle el pito. Ella, en vez de entrar en pánico –como todo exhibicionista espera de sus víctimas– se empezó a reír descaradamente de lo que llamó “el pinche tornillito”.

¡Hubieras visto la cara que puso cuando le pregunté: "¿eso es todo lo que traes?" —me dijo entre risas.


Y no, por supuesto que no le había visto la cara a aquel desquiciado, pero estaba decidido a vérsela pronto a mi acosador. Ahora sería yo quien sorprendiera a ese imbécil la próxima vez que nos encontráramos, asestándole un par de preguntas con las que pensaba desarmarlo: “Oye, cabrón, ¿pues que no sabes limpiarte la cola? ¿O traes cucarachas en el fundillo?”. Luego, sin darle tiempo para reaccionar, me reiría en su cara y lo dejaría ahí, trastabillando y sin saber qué decir.


*******

Han pasado más de seis meses desde la última vez que lo vi. Es extraño, porque desde que nos conocimos nunca había transcurrido tanto tiempo entre un encuentro y otro. Desde hace dos o tres meses Lola y Lucho me acompañan a cada uno de los lugares en donde me llegué a topar con Rascaculo. Para su fortuna, los 15 minutos de paseo se convirtieron en más de media hora. No hay día en que no repase lo que pienso decirle en cuanto nos veamos. El problema es que no aparece y no se me ocurre qué más hacer. ¿Le habrá pasado algo?

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