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  • Foto del escritorJavier Mariano Rubio

Emilio, el dragón



Mi tío José Luis me invitó a pasar unos días a San Juanito para que pudiera ver de cerca a los dragones en su rancho. Mucha gente piensa que no existen estos maravillosos seres; yo mismo tenía mis dudas al respecto, aunque mi primo Martín me lo decía todo el tiempo: que el rancho del tío José Luis era cosa del otro mundo. Pocos lo saben, pero Chihuahua tiene una amplia comarca de ranchos dragoneros. Lo bonito es que el lucro con esos animales radica en la manufactura de botas y sacos para los diferentes cuerpos de bomberos en América. Los dragones son tratados con cariño y respeto. Los rancheros dragonianos les ayudan a mudar su piel dos veces al año. Es una tarea complicada, porque tienen que cuidarse de los exabruptos de las bestias, pues, como todos saben, emanan fuertes cantidades de fuego de sus fauces. Hace unos años, intentaron ingresar al comercio con europeos y asiáticos, pero ellos manejan su propia industria dragonera.


Contrario de lo que mucha gente piensa, los dragones son seres tranquilos y nada agresivos, aunque, si no se les atiende como es debido llegan a estresarse, y a nadie le gusta verlos enfadados. Errores con su trato han provocado terribles accidentes. Son algo así como perros o caballos que se pueden domesticar muy fácilmente; son muy pacíficos, por eso es que no son utilizados para las guerras como en las películas. Los dragones pueden llegar a ser incluso adorables. Su trato obliga a los rancheros también a usar trajes especiales hechos con la misma piel que ellos cambian.


Esa estancia en San Juanito me permitió estar en el alumbramiento de un pequeño dragón escandinavo, que por la tradición de que un novel presencie un nacimiento, este puede llamarlo como quiera: Emilio, fue el nombre que se me ocurrió, porque el niño más pequeño de mi tía Rocío jugaba a ser un dragón que atacaba, y me metió tremenda mordida en la pantorrilla.


Emilio no me perteneció nunca; pero sí puedo decir que tuvimos una conexión inmediata. Yo jugaba con él por las mañanas, y mi tío me permitía alimentarlo, con la supervisión claro, de uno de los dragoneros que sabían muy bien su oficio. Los cuidados para un dragón de cualquier clase ocupan la totalidad del tiempo de sus vigilantes. Desde su alimentación, hasta el sitio donde descansan o a donde salen a extender las alas, a las que, por cierto, se les tienen que hacer pequeñas incisiones para que no vuelen. Estuve presente cuando le hicieron esa pequeña cirugía. Estuve a su lado durante su etapa de recuperación, y yo mismo le llevaba su comida, que implicaban dos kilos de carbón mineral activado, dos veces al día. A los dragones les gusta también la carne de cerdo secada al sol: es su golosina favorita; pero no se les puede dar mucho de esto porque se enferman, me dijo mi tío José Luis.


Pasaron pocos días. Emilio ya tenía el tamaño de un perro san bernardo. Mi tío José Luis insistía en que no me acercara a su cabeza, luego supe por qué. No arrojaba todavía fuego, porque sus entrañas no generaban mucha gasificación como para lograr una flama consistente; aunque sí tenía la suficiente fuerza para emitir un calor similar a las brasas de un asado; mi cara terminaba colorada, y mi piel emitía un olor a pelo quemado cuando jugaba con él. Fueron días muy felices.


Las vacaciones terminaban, y yo cada día estaba más encariñado con Emilio. Sus cabriolas y piruetas, me volvían loco. Era una mascota para mí, y yo lo quería como si fuera mío. Pronto se lo llevarían a cumplir con su cometido, y yo tendría que regresar a clases. Solo quería estar un poco más con él. Quise consentirlo; ¡solo eso! Mi tío José Luis me advirtió que no le diera mucha carne de cerdo. Ese día le di más de la cuenta, porque lo veía contento. Al siguiente día, Emilio no se levantó de su lugar; había pasado la noche eructando y la combustión le quemó severamente las entrañas. Emilio murió esa tarde. Nadie me acusó de nada; pero ninguno de los dragoneros me dirigió la palabra de nuevo. Vi que algunos lloraron y mi tío José Luis me puso de vuelta a casa en un camión de pasajeros. Cuando llegué a casa, tampoco mis padres me dijeron nada nunca. Con el tiempo, la aventura de Emilio, mi dragón, se convirtió en una especie de sueño. Volví a ver a mi tío José Luis, pero ahora dicen que nunca hubo tal rancho de dragones. Dicen que siempre ha sido ganadero.

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