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  • Foto del escritorJavier Mariano Rubio

Del Toro en su laberinto


Recientemente galardonado en diferentes premiaciones por su película animada, Pinocchio, Guillermo del Toro se coloca en el pináculo de los grandes del cine del siglo XXI. Sus historias de tono oscuro y fantasías monstruosas se suscriben en el dolor de la otredad y en la adversidad. Desde su ópera prima hasta su último proyecto, Del Toro flanquea el dolor de los vulnerados; así como la dimensión de los villanos, cuyas motivaciones son a partir de marcadas carencias.


Fue en una vieja sala ya en ese entonces, donde vi una película de Del Toro por primera vez. Ese filme había ganado el premio a mejor largometraje en Bruselas. La Invención de Cronos, de 1993, se pudo ver en Chihuahua casi dos años después. Era una película por demás original. Cuando ya parece que todo está dicho sobre los vampiros, llega el novel director y mezcla diferentes mitos y creencias, y le agrega el toque mexicano. El Señor Gris se convierte en un no-muerto, gracias a un peculiar aparato que encuentra dentro de una antigüedad en su tienda. El hombre no va por la vida buscando gente para chuparles la sangre, sino que sufre el acoso de un magnate que busca la vida eterna. El cuento de Del Toro se delinea entre la sed de poder y el inocente que lo posee, pero que no lo necesita.


Son muchas cosas las que, muy en lo personal, me ligan al cine de Guillermo del Toro. Lo que más me significa son los temas recurrentes en su filmografía personal. Todo aquello que presenta en sus películas refleja alguno de sus pesares personales, los cuales se extienden a gran parte de su público, y yo me incluyo en estos. Poner sobre la mesa la vulnerabilidad humana en situaciones terribles como la Guerra Fría o la Guerra Civil española, que comprueba de sobra cómo la fantasía se nutre de la realidad y viceversa.


Las relaciones de poder estarán presentes en toda su filmografía. Guillermo del Toro, por sobre todas las cosas, es congruente en su manera de pensar y en los trabajos que ha realizado. El espinazo del diablo o El laberinto del fauno, ambas desarrolladas en la época de la Guerra Civil Española, son profundas alegorías sobre la condición humana y son las dos, un preludio a la liberación. En la primera, un fantasma puede escapar de su situación únicamente ayudando a otros a salir de su prisión; en la segunda, la única forma de libertad está ligada al sacrificio. En La forma del agua, durante la Guerra Fría, sus personajes sufren el menosprecio de la sociedad que los rodea; la protagonista se libra del yugo de sus semejantes, aceptándose tal como es.


Pinocchio, a la que todos los estudios le negaron la posibilidad de existir, hasta que Netflix aceptó financiarla, retoma la novela de Carlo Collodi y la sitúa en la Italia de Mussolini. La película fue generada en stop motion, lo que además de no ser una tarea fácil, le da un agregado al recuento de algo ya contado en muchísimas ocasiones. El mundo entero lleva en el inconsciente colectivo la versión de Disney de los años cuarenta. Una proeza absoluta trascender esa barrera. El Pinocho de Del Toro es un pedazo de tronco mal tallado y convertido en una marioneta. Gepetto es un hombre amargado y sumido en el alcohol. A pesar de ello, y sobre todo, Gepetto y Pinocho son más humanos que en cualquier otra versión.


Los villanos del cine de Guillermo del Toro no son unidimensionales: se suscriben en carencias emocionales, y sus móviles son siempre para resolverlas. En La invención de Cronos, un magnate llamado Dieter de La Guardia, está al borde de la muerte y solo un aparato llamado Cronos puede aliviarlo. Nunca se menciona la palabra “vampiro”, pero este aparato convierte a sus usuarios en eso. A Dieter no le importa alimentarse de la sangre de otros; al señor Gris, el protagonista, sí. En El espinazo del diablo, Jacinto, el portero de un orfanato clandestino, al final de la Guerra Civil en España, ha cometido un terrible crimen; Jacinto es un hombre roto por las injusticias y por las carencias. De algún modo, busca subsanar sus heridas. El Capitán Vidal, en El laberinto del fauno, es posiblemente el villano más terrible de su filmografía; no muestra su ruptura abiertamente como el resto de los villanos; y esto es porque, de alguna manera, Del Toro pretende mostrar el absurdo y la crueldad de esta guerra en particular. El retrato de esta pesadilla fue reconocido por los sobrevivientes como uno de los más fieles que se han realizado.


Por el contrario de lo que mucha gente supone, la fantasía no significa una evasión de realidad solamente; también busca retratarla y proponer alternativas en la mente y el espíritu para lidiar con los miedos y la incesante búsqueda de la felicidad, o por lo menos, de la paz mental. Del Toro diluye tormentosos momentos de la humanidad en efectivas dosis de fantasía; con ello consigue del espectador la reflexión y la sensibilidad para permitir a la conciencia nutrirse de empatía, y hacer de este mundo un poco más habitable para quienes no han tenido por completo esa posibilidad.

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