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  • Foto del escritorJavier Mariano Rubio

Segunda muerte (el Cielo)




Bienvenido, me dijeron; y yo saludé a todos asintiendo. Sentí que me estremecía. Supongo que era bienvenido, aunque no entendía una palabra de lo que me decían. Hubo quien me dio palmaditas en la espalda y hasta nalgaditas cariñosas; siento en el fondo de mi ser que eran cariñosas. A decir verdad, esos tocamientos me molestaban mucho cuando estaba vivo. Ahora lo veía como afecto verdadero. Sentí un estremecimiento muy fuerte y que me movía todo, si tuviera cuerpo, seguro que me movería; en verdad me sentía bienvenido y feliz. Yo supongo que llegué a este sitio hace ya tiempo, pero no recuerdo nada. Es como si hubiera vuelto a nacer, aunque me siento ahora muy bien y estoy más consciente de lo que sucede alrededor. Casi no recuerdo qué fui en vida, pero estoy seguro de que fui bueno y leal con la gente que amaba; sé que hice lo posible por no hacerle daño a nadie; y que fui fiel a mis principios y creencias. Por todo eso, sé que ahora estoy en el Cielo. Toda esta gente que me saluda y me toca, lo hace con mi absoluto permiso. Hay pocas cosas que recuerdo de la transición, como que abrí los ojos y ya estaba conviviendo con los demás. Hubo un recorrido, de eso me acuerdo, y de que me hablaban, pero no entendí nada. Ahora sé que debemos entendernos con señas y otros artificios, pero soy feliz, eso lo sé.


El Cielo no es como lo pintan. Hay felicidad, pero también hay sinsabores. Ayer, uno de los amigos se sintió mal y me quedé mucho a tiempo a su lado. Al rato se sintió mejor, y de inmediato me hizo saber de su agradecimiento y me frotó la cabeza. Cuando estaba vivo odiaba eso, pero ahora es de lo mejor que me pasa; llego a sentir que de verdad tengo un cuerpo; y que se estremece de tanta felicidad.


Ha pasado un tiempo desde que llegué aquí. Ahora me doy cuenta de que estoy vivo, de alguna manera. Cuando sentía estremecerme era porque realmente se agitaba mi cuerpo (de ahí que supe que tenía un cuerpo). Las emociones me hacían moverme de un lado a otro, entonces sentía mi columna vertebral serpentear de un lado a otro cuando me hablaban o cuando me tocaban. Llegué a un Cielo, o a un estado mental donde no tuve cabida para odiar. No odio, no deseo mal para nadie. Ahora vivo en un lugar donde todos me quieren. Soy un Beagle, soy un perro.

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